La historia del cristianismo en China empezó cuando Matteo Ricci, un misionero católico jesuita, matemático y cartógrafo italiano, llegó a Pekín en 1601. En 1605, el emperador Wanli le concedió una residencia con una pequeña capilla de estilo chino, distinguida únicamente por una cruz sobre la entrada que la identificaba como iglesia. En aquel entonces se la conocía como la Capilla Xuanwumen. Alrededor de Nantang, la primera iglesia que fundó, pronto surgieron otros templos, y allí tuvo su origen Beitang, la Catedral del Norte, que jugó un papel clave en la evangelización de la capital china.
La histórica imagen
Casi cuatro siglos más tarde, en el verano de 1996, durante una visita a Shanghái, un comentario piadoso del obispo Javier Echevarría inspiró a una persona residente en Macao a encargar una pintura de la Virgen representada como Emperatriz de China. En un viaje a Hong Kong, esta persona pidió a Chu Kar Kui un boceto en el que aparecieran la Virgen María y el Niño en su regazo con vestimentas imperiales.
Semanas después, ya en Pekín, mostró el boceto al párroco de la Catedral del Norte y ambos conversaron sobre la posibilidad de encargar un óleo. El párroco se comprometió a buscar un lugar para colocar el cuadro una vez terminado. Meses más tarde, el lienzo quedó instalado en una capilla lateral de Beitang. Corría 1997 cuando la devoción a esta imagen cruzó fronteras y empezó a echar raíces en Asia. En Manila, el padre Joe Cremades entregó una sencilla estampa al catedrático español Antonio Lucas. Lo llamativo estaba al dorso: la célebre oración del Acordaos, de san Bernardo, impresa en chino.
La importancia de la Madre de China
En 2007, el profesor que había descubierto en Beitang el icono de Nuestra Señora la Emperatriz de China concibió el proyecto de elaborar unas tablillas inspiradas en aquel óleo. Para nutrirse de ideas, frecuentaba el barrio pekinés de Liulichang, donde se empapaba del ambiente cultural chino y buscaba artesanos que pudieran ayudarle. Probó con media docena de relieves en madera, pero el rostro de la Virgen se resistía: nunca acababa de salir como esperaba.
De regreso a España, en 2008, cambió de rumbo y se lanzó a la búsqueda de un imaginero capaz de esculpir una talla de la Madre de China. La empresa se prolongó durante cuatro largos años, sin que diera fruto. En 2012 todo dio un vuelco. El profesor viajó a Cieza, su ciudad natal, y allí su madre, de 94 años, le presentó a un joven escultor con la idea de pulir los relieves de Liulichang. El artista cogió una de las tablillas y, en cuestión de minutos, logró transformar las facciones de la Virgen hasta darles un aire mucho más realista. Ante semejante destreza, el profesor le planteó el gran reto: ¿sería capaz de esculpir una auténtica talla de tamaño natural?
Y así fue porque el 25 de octubre de 2014 se bendijo la imagen en la Basílica de la Asunción de Cieza, en cuyo altar mayor estuvo unos días y recibió muchas visitas y comentarios.











