Hubo un tiempo en que decir 'GoPro' era sinónimo de cámara de acción. En 2015, la empresa estadounidense reinaba sin discusión en el mercado de las cámaras digitales ultraresistentes: vendió cerca de 6,6 millones de unidades ese año y controlaba más del 70% del sector. El giro llegó pocos años después, cuando las chinas DJI e Insta360 inundaron el mercado con sus propuestas. Su avance fue tan contundente que, en la actualidad, ambas compañías concentran alrededor del 90% del mercado global de cámaras portátiles inteligentes, un dominio casi total que deja a GoPro con un espacio cada vez más reducido.
La creciente y destacada tecnología china
La caída de GoPro no es un hecho aislado. Desde alrededor de 2010, numerosas marcas chinas han dejado atrás a sus competidoras occidentales en el sector de la tecnología de consumo, con productos que van de los televisores inteligentes a los robots aspiradores. Detrás de este fenómeno hay un cambio de percepción. Chris Pereira, empresario y autor canadiense con más de dos décadas de experiencia en China, sostiene que el país sigue produciendo artículos asequibles, pero advierte que eso ya no significa renunciar a la calidad. "También son productos de alta calidad", subraya.
El sector automotriz ofrece otra muestra contundente. Fabricantes como BYD y Xpeng comercializaron casi dos tercios de todos los vehículos eléctricos vendidos en 2025, y llegaron a superar a empresas consolidadas como Tesla. Lo mismo ocurre con los robots aspiradores, un mercado donde las marcas chinas dominan a escala mundial. La estadounidense iRobot, pionera de la categoría, atraviesa hoy serias dificultades para salir adelante, otra víctima de la ofensiva de unos rivales que aprendieron del líder y terminaron por desplazarlo.
¿Cuál es la razón de que las empresas chinas superen a las occidentales?
Para Chris Pereira, cuya consultora iMpact asesora a empresas chinas que buscan expandirse en el extranjero, la respuesta combina varios factores. Entre ellos destaca la encarnizada competencia interna en polos como Shenzhen, Hangzhou y Shanghái, unas cadenas de suministro estrechamente integradas y una cultura empresarial que privilegia la iniciativa. A ello se suman la automatización industrial, el uso estratégico de la inteligencia artificial en la fabricación, la rápida respuesta de los organismos reguladores y una mano de obra relativamente barata. En conjunto, estos elementos permiten costos de producción más bajos y ciclos de innovación más veloces que los de las economías más avanzadas.
Joey Cheng, quien dejó China hace más de 20 años para estudiar un doctorado en Estados Unidos, conoce tanto la mirada del consumidor estadounidense como la del fabricante chino. Según explica, la cadena de suministro de Shenzhen resulta prácticamente indispensable para abaratar costos y desarrollar productos con rapidez. Y agrega que, para una empresa emergente, llegar pronto al mercado es cuestión de supervivencia: quien se demora, corre el riesgo de quedar fuera de juego. Pese a su avance, las compañías chinas enfrentan un obstáculo que no se resuelve con precios ni con tecnología. Una encuesta reciente reveló que más del 90% de los europeos desconfía de las tecnológicas chinas en el manejo de sus datos, frente a cerca del 80% que desconfía de las estadounidenses.











